Información de Granada

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El atractivo turístico de la ciudad de Granada surge de cada una de sus calles, del discurso callado de sus edificios, fluye por cada segundo de historia recogido en sus barrios, y se propaga internacionalmente con el boca a boca, con la Alhambra como emblema y un séquito monumental del que la ciudad se enorgullece y que sirve para alimentar la opinión más extendida: Granada es una ciudad mágica.
El turista convencional apenas pasea unas horas por el centro, apresurado, camina de la Catedral a la Capilla Real, visita el corral del carbón, se detiene, quizás, en algunos puestos de la Alcaicería para imaginarse en un mundo árabe de otra época. Subirá nuestro turista imaginario a la hora del atardecer a contemplar el ocaso desde el mirador de San Nicolás -ahora más popular desde la famosa visita de Bill Clinton-, a fascinarse con el colorido único que tiñe el paisaje desde los jardines del Genarlife hasta el oeste, en la Vega, pasando por una Alhambra que se exhibe coqueta al otro lado del río Darro. La Alhambra es precisamente el monumento más importante de Granada y la causa de las largas esperas a las que se someten la mayoría de visitantes de la ciudad, no en vano, fue diseñada, más que para el disfrute, para la maravilla de quien la contemple.

Después de dos o tres días en Granada, el turista vuelve a casa narrando maravillas, mostrando a amigos y familiares fotografías que reviven el sabor de cada momento vivido, repitiendo a quien pregunte: Granada es una ciudad mágica.

Pero hay más. Más allá del ir y venir de visitantes ataviados con sombreros, gafas de sol, cámaras fotográficas y sandalias con calcetines, más allá de la visita express de cuarenta y ocho horas a Granada, se esconde la verdadera esencia de la ciudad. Antiguos palacios, museos recónditos, rincones históricos, inscripciones en lugares que pasan desapercibidos para el caminante apresurado y que esconden leyenda, historia, la esencia, en definitiva, de la magia que nuestro turista apenas ha probado en una pequeña muestra si, por ejemplo, no ha dejado que su pasos se pierdan por completo en el laberíntico Albaicín, o si el tiempo no ha permitido que se detenga a escuchar los sonidos de los más profundos bosques de la Alhambra, si no se ha colado en un diminuto bar en un callejón perdido para tomar una copa de vino con alguna tapa que repondrá sus fuerzas.

Granada se reinventa a lo largo de su historia, se renombra y llega a la actualidad atravesando una serie de cambios en su orografía urbana que, como no podía ser de otra forma, dejan huella en el presente. Granada se potencia, sobre todo en las últimas décadas, las de la democracia, evoluciona cultural y tecnológicamente, acoge tareas tan dispares como el desarrollo de software libre o la difusión del Jazz a través de su Festival Internacional, oferta rock y flamenco a partes iguales, se llena de Magia verdadera en el Hocus Pocus del Mago Migue, pasa del monumento histórico a la exposición tecnológica del Parque de las Ciencias, y día a día (sobre todo año a año) es rejuvenecida por los estudiantes de la UGR, los naturales de la ciudad como los que vienen desde casi cualquier rincón del mundo.
Y todo esto se nota en sus calles, donde rebosa la música, donde el estudiante camina apresurado de clase a la biblioteca cada tarde, o sale por la noche a bañarse en el peculiar fenómento de la tapa, mezclado en ocasiones con las estrellas locales de la poesía amateur o el fenómento de la canción de autor o una fusión de ambos con la danza y el cante flamencos. Una calle cualquiera puede desembocar en una plaza del Albaicín en la que el paseante perdido penetre repentinamente en un poema de Lorca. Un callado bar puede convertirse improvisadamente en una fiesta rociera, o tal vez un negro desenfunde su guitarra entre copa y copa y con la música apagada improvise un reagee. Una calle saturada de transehúntes, en cuestión de unas horas, al llegar la madrugada, queda totalmente desierta dando paso a la imaginación del paseante solitario que la recorra más con los ojos que con la pisada: en aquel edificio de allí mora el alma condenada del famoso fantasma de la Diputación, en este teatro de acá permanece el espíritu en pena de un antiguo guarda. Y la fantasía popular se cruza con la urdida por otros que vinieron de fuera y con la nuestra propia. Cruzará las calles en nuestra imaginación un precioso corcél negro montado por un fantasmal jinete sin cabeza, en un puente del viejo camino al cementerio encontraremos al imaginario pedigüeño que es en verdad un mago que nos colmará de riquezas a cambio de demostrar nuestra caridad.

Es cierto, Granada es una ciudad mágica, y esa magia tiene sus orígenes en los ciudadanos que la han poblado y visitado a lo largo de su historia, seres de toda clase, ideología y confesión. En Granada confluyen lo judío, lo moro y lo cristiano, manifestando con gritos de reivindicación cultural “Esto es la magia”. Pero hablar de Granada, desde dentro, no debe ceñirse a hablar de magia, también hay que guiar la mirada del visitante hacia ciertos lugares: bajo este suelo de asfalto fluye el río Darro, esta calle un día fue un puente que lo cruzaba, más allá hubo una plaza de toros, ante este portón morían en la horca los condenados. Hablar de Granada es, ineluctablemente, hablar de historia, hablar de música, hablar de poesía.